Los miedos, la confianza y el afrontamiento de dificultades. Un artículo muy potente de Sergio Sinay.

 

La Vida nos formula continuamente preguntas que nosotros respondemos con nuestras acciones. No existe garantía de que estas sean las acertadas, pues la incertidumbre es parte de la vida. Pero confiar en lo que decidimos, aunque temamos equivocarnos, nos ayuda a crecer, nos hace humildes, eleva nuestra autoestima y enriquece nuestra experiencia en este mundo.

 

Un antiguo adagio dice que si tuviéramos hoy en nuestra manos el periódico de mañana, tomaríamos decisiones acertadas, sabríamos exactamente qué hacer, no nos equivocaríamos nunca. Pero sucede que el periódico siempre nos cuenta lo que ocurrió ayer. No hay forma de detener el tiempo y esperar a que nos lleguen las noticias por anticipado para luego actuar. Por lo tanto, lo que queda es instalarnos en el aquí y ahora, hacer las elecciones, tomar decisiones, y vivir. ¿Habremos acertado? ¿Estuvimos en un error? Lo sabremos luego. Y cuando lo sepamos, otro será el momento y acaso otras las condiciones.

El gran médico, pensador y psicoterapeuta vienés Viktor Frankl, padre de la logoterapia (terapia basada en la exploración del sentido de la propia vida), advertía que invertimos demasiado tiempo, esfuerzo y preocupación en formular preguntas fuera de lugar: “¿Qué será de mí mañana?, ¿Cómo saldré de esta?, ¿Adónde me llevarán estas decisiones?, ¿Qué me espera si dejo este trabajo o si él me deja a mí?, ¿Estaré a la altura de las exigencias que me aguardan?, ¿Estaremos juntos para toda la vida?, ¿Estaré viviendo la vida que me toca o una equivocada?”. Y así hasta el infinito.

Es un error insistir en esos interrogantes, señalaba Viktor Frankl, porque nuestra misión en la vida no es preguntar. Es la vida quien nos pregunta; nosotros, respondemos. Ella no nos interroga con palabras sino con circunstancias. A cada paso, nos topamos con situaciones, desde las más sencillas (cómo vestirnos hoy o qué película ir a ver al cine) hasta las más trascendentes (romper una relación de pareja porque no nos hace feliz, decirle a aquella persona que no nos conviene, mudarnos a otra ciudad o quedarnos por temor al arrepentimiento…).

Aunque parezca que nos interrogamos a nosotros mismos, es la vida quien nos hace las preguntas. Y lo que espera de nosotros son respuestas. Vivir es responder. Pero no mediante palabras, debemos hacerlo con acciones, esto es, con elecciones, decisiones, actitudes. En definitiva, actuando.

 

Hacerse Cargo.

Cuando no tomamos decisiones, también las estamos tomando. Cuando no elegimos, también lo hacemos. Cuando no actuamos, estamos actuando. No decidir, no elegir, no actuar, son modos de decidir, de elegir y de actuar. No hay escapatoria. Siempre respondemos. Con nuestra acción o con nuestra inacción, con nuestra palabra o con nuestro silencio.

¿Qué es, entonces, lo que con frecuencia nos detiene, nos hace dudar y nos inmoviliza?. El miedo a equivocarnos y a las consecuencias de ese posible o presunto error. Creemos que nuestras acciones pueden tener efectos dolorosos para nosotros o para otras personas. Sin embargo, también puede tener una repercusión negativa nuestra pasividad o nuestra omisión. Lo importante, en todo caso, es que estemos dispuestos a afrontar esas consecuencias y que no busquemos un culpable a quien echarle el fardo encima. Y si las cosas no salen como esperábamos, tampoco es aconsejable llenarse de culpas. Hay que ser responsable de nuestros actos pero no culparnos de ellos.

Solo el periódico de mañana nos hubiera permitido acertar plenamente. Mientras tanto, solo contamos con nuestra intuición, con nuestros recursos, con nuestro conocimiento sobre la situación, con nuestra actitud frente a ella. La gran mayoría de las personas toma decisiones y no las ejecuta a fin de equivocarse, de sufrir, de dañar o dañarse. Nadie busca su propio mal, lo que no significa que no se equivoque, sufra, perjudique o se dañe. No existen garantías de que todo salga siempre como lo deseamos, esperamos o necesitamos. La incertidumbre es parte ineludible de la vida, es condición esencial de las circunstancias o situaciones con las cuales la vida nos hace preguntas.

 

El fantasma de la autoexigencia.

Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781), quien fuera uno de los grandes poetas y dramaturgos en lengua alemana, decía que “algunos se equivocan por temor a equivocarse”. Estaba en lo cierto. Tanto temor a los errores nos envuelve en la incertidumbre, acaba por confundirnos y, a la corta o a la larga, nos lleva hacia lo que más temíamos: el traspié. El miedo a la equivocación, que termina por inmovilizarnos, suele ser hijo de la exigencia. Para la exigencia, lo que importa son los resultados, y premia o castiga según estos. No pone atención en los procesos, en el desarrollo de las cosas. Para la exigencia, no se trata de viajar sino de llegar. Sin embargo, lo que realmente importa es el viaje, lo que nos ocurre en el trayecto, lo que aprendemos, lo que vemos y cómo lo incorporamos luego en nuestra vida.

Allá donde haya exigencia, podrán alcanzarse los resultados, pero pocas veces habrá satisfacción, verdadero disfrute. Si lo que se pide es lograr un resultado, ¿Por qué valorarlo entonces?, ¿Por qué celebrarlo?. Bajo esta impronta, no queda la sensación de haber atravesado una experiencia. Ni memoria de lo aprendido, pues en general nada se aprende bajo el mandato de la exigencia. Apenas queda algo de alivio si se logra el resultado exigido o la sensación de fracaso cuando no es así.

El habernos desarrollado bajo la sombra de la exigencia hace que luego repitamos esa actitud ante los demás. A pesar de lo mucho que esto dificulta las relaciones, no es lo más grave. Lo peor es que la exigencia suele dejar su sello principal en nosotros: nos convierte en autoexigentes. Instala en nuestro interior una voz que nunca calla, que deja oír permanentemente su crítica, su disconformidad con lo que logramos, nos pide la perfección, nos advierte con severidad ante el error y nos previene contra todo lo que nos ocurrirá si lo cometemos. Y nos llena de miedos ante un posible error. Preferimos no hacerlo a hacerlo mal.

Una persona autoexigente ve la equivocación como al más temido de los fantasmas. No se permitirá un error ni, mucho menos, no lograr un objetivo. Y hasta tal punto no lo hará que, ante la posibilidad de que aquello ocurra, preferirá no actuar, se verá inmovilizada, se privará de lo más valioso, de aquello que siempre nos enriquece, por encima de los resultados, y que es la experiencia, lo vivido.

 

Creer en uno mismo.

El temor a equivocarse también tiene mucho que ver con la baja autoestima. Quien ha crecido sintiéndose valorado, estimulado, acompañado, quien no ha sido castigado ante cada error cometido, quien ha conocido que solo se aprende a través de las experiencias, estará siempre más dispuesto a adentrarse en territorios nuevos, a probar nuevos caminos. Y es que habrá desarrollado una herramienta fundamental en la vida: la confianza.

La confianza es un componente básico de la salud psíquica, según sostenía el médico y terapeuta humanista Leonard Sagan (1928-1997). En esta línea, es muy valiosa la aportación de la gran terapeuta y escritora austriaca Elisabeth Lukas, quien desarrollara el concepto de la “confianza básica”. Se trata de aquella fuerza interior que nos habita, dice Lukas, “en las alegrías y en las tristezas, en el alboroto y en la calma, y nunca abandona el alma, incluso cuando aquello en lo que depositamos toda la confianza es desconocido”.

Esta confianza se establece cuando han confiado en nosotros, cuando se nos ha valorado, cuando se nos ha hecho saber que no se nos amará por lo que hagamos sino, sencillamente, por lo que somos; que no dependeremos de nuestros éxitos para ser queridos y que nuestras equivocaciones no nos convierten en peores personas. Aunque esta no haya sido la experiencia, la puerta que nos permita empezar a tratarnos así está abierta ante nosotros. Podemos decidir creer en nosotros, no ponernos y quitarnos puntos según los éxitos que conseguimos o dejamos de conseguir. Para decirlo de una manera directa: podremos trascender la confianza que no nos dieron si nos animamos a transitar los caminos, a hacer las pruebas, a vivir las experiencias, a no temer a los resultados.

Únicamente quienes se equivocan aprenden; solo ellos, en la medida en que toman conciencia de esas experiencias, desarrollan sus potencialidades y las ofrecen al mundo y a la vida. “Las personas llenas de confianza no solo viven más sanas sino que, además, conviven con más armonía con sus congéneres y soportan mejor la sociedad”, dice la terapeuta Elisabeth Lukas.

 

El valor de la duda.

“De humanos es equivocarse; de locos, persistir en el error”, decía el filósofo romano Marco Tulio Cicerón. Y el gran escritor estadounidense Francis Scott Fitzgerald confesó en una ocasión que prefería fiarse de un hombre que se equivoca a menudo antes que de quien no duda nunca, Y es que la duda y el temor nos permiten afinar nuestros recursos, abrir los ojos y despertar la atención.

 

Quien nunca duda o nunca teme no advertirá los riesgos allá donde estos existan o no tomará, por tanto, las necesarias precauciones ante ellos. Actuar, aún con miedo a equivocarse, nos ayuda a crecer, nos hace humildes, nos permite hacernos amigos de la confianza, eleva nuestra autoestima y enriquece nuestra experiencia en este mundo. Cuando tememos cada cosa que pudiera ocurrirnos, acabamos por temer a la vida.

Por: Sergio Sinay, Terapeuta Gestáltico.